Mucho más que una jura: la experiencia Hereford que despierta la vocación ganadera en jóvenes “agrotécnicos”

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Cuando Sofía Saira recibió la propuesta de participar en la Exposición Hereford Joven, prácticamente comenzaba desde cero.

Nunca había tenido experiencia con vacas y tampoco imaginaba que, apenas unos meses después, estaría ingresando a una pista con un animal que había aprendido a conocer, cuidar y preparar junto a sus compañeros y profesores. “Yo con vacas no tenía nada de experiencia”, cuenta.

Entre aquel primer encuentro y la jura hubo meses de trabajo. Alimentar, bañar, peinar, amansar, caminar y aprender a interpretar al animal fueron algunas de las tareas que los estudiantes incorporaron a su rutina. También hubo que equivocarse, volver a intentar y entender que detrás de una presentación en una exposición existe un trabajo que comienza mucho antes de pisar la pista.

“Todo lo que aprendí fue con mis compañeros y los profes, durante todo el proceso de peinarlas, bañarlas, alimentarlas”, recuerda Sofía.

Y justamente allí aparece la verdadera dimensión de la Exposición Hereford Joven, una iniciativa de la Asociación Hereford Argentina que vincula a escuelas agrotécnicas con cabañas socias de la entidad, y que comenzó el año pasado.

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La segunda edición tuvo como escenario a la Sociedad Rural de Pergamino y contó con la participación de siete instituciones: las escuelas agropecuarias de Pergamino, Gahan, Las Toscas, Duggan, Alfonzo, Acevedo y Bigand.

La propuesta, que había comenzado con cuatro escuelas, amplió así su alcance y volvió a poner a los jóvenes en el centro de una experiencia directamente vinculada con la producción ganadera.

APRENDER A SER CABAÑEROS HEREFORD

La idea es sencilla de explicar, aunque mucho más exigente a la hora de llevarla adelante: que estudiantes de escuelas agrotécnicas puedan experimentar durante varios meses lo que significa ser cabañeros.

Las terneras fueron cedidas por las cabañas para permanecer en las instituciones educativas. Desde ese momento, los alumnos asumieron responsabilidades concretas relacionadas con su alimentación, sanidad, amansado y preparación.

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En algunos casos significó volver a la escuela por la tarde. En otros, reorganizar horarios y tareas. Para muchos, además, implicó asumir por primera vez la responsabilidad cotidiana de cuidar un animal que dependía de ellos.

En el Instituto Mariano Moreno de Alfonzo, como ocurrió en las demás instituciones participantes, el proyecto se construyó día a día. No alcanzaba con aprender una técnica para llegar a una exposición: había que generar un vínculo con el animal y sostener durante meses un trabajo cuyo resultado no era inmediato.

Mauro Graci, director de una de las escuelas participantes, contó que cuando recibieron la propuesta se encontraron frente a una actividad completamente nueva, que no formaba parte de la currícula. “Había que sembrar la semilla”, recordó.

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Primero hubo que encontrar a los estudiantes interesados. Después, conseguir una cabaña dispuesta a acompañarlos, recibir los animales y comenzar a aprender. Lo que sucedió a partir de entonces fue, quizás, una de las claves del proyecto: los propios jóvenes se apropiaron de la experiencia.

“Vos les tirás la idea, la toman enseguida y se ponen a trabajar”, explicó Graci. Así aparecieron conocimientos específicos sobre alimentación, caminata, amansado y preparación, pero también aprendizajes que exceden ampliamente el manejo de un animal.

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Responsabilidad. Constancia. Trabajo en equipo. Paciencia. Compromiso. Una ternera necesita ser alimentada y atendida independientemente de que ese día haya ganas de hacerlo o no. Y en esa rutina cotidiana, la ganadería también se convierte en una herramienta educativa.

DE NO SABER NADA A IMAGINAR UN FUTURO

El testimonio de Sofía permite observar la iniciativa desde otra perspectiva. No todos los jóvenes que concurren a una escuela agrotécnica llegan necesariamente con una historia familiar vinculada a la ganadería.

Algunos necesitan, simplemente, que alguien les abra esa primera puerta. Sofía ingresó al proyecto sin experiencia y terminó descubriendo un mundo que antes prácticamente desconocía. Después de varios meses de trabajo junto a sus compañeros y docentes, incluso comenzó a imaginar la posibilidad de construir su futuro en “algo relacionado a esto”.

Entre una situación y la otra transcurrieron apenas unos meses. Pero, desde el punto de vista educativo, la distancia es enorme.

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Un proyecto que inicialmente podía ser entendido como una actividad extracurricular terminó abriendo una posibilidad que no estaba contemplada: descubrir una vocación.

Ese es uno de los resultados más difíciles de medir de la Exposición Hereford Joven, pero probablemente uno de los más importantes.

Porque además de transmitir conocimientos ganaderos, la propuesta permite que los estudiantes conozcan de primera mano una actividad productiva y encuentren nuevos caminos para su desarrollo.

LA PISTA, EL EXAMEN DE TODO LO APRENDIDO

Después de meses de preparación, llegó el momento de la exposición en Pergamino. Los animales ingresaron a la pista y los estudiantes tuvieron que mostrar frente al público todo aquello que habían aprendido y practicado.

El encargado de la jura fue Diego Eder, quien desde el comienzo entendió que no estaba frente a una competencia convencional. “Es una jura totalmente atípica”, explicó.

Por eso, su mirada no estuvo puesta exclusivamente en las características de cada ternera. También evaluó la manera en que cada estudiante se desenvolvía junto al animal después de todo el proceso realizado en la escuela.

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“Lo que estaba juzgando era la corrección del binomio, la conexión del binomio hombre-vaca en la pista, la naturalidad con que lo hacían, la soltura”, señaló.

Los nervios formaban parte de la escena. Y los animales también podían percibirlos. Aquello que durante meses había sido practicado en la escuela podía cambiar completamente al ingresar a una pista, rodeados de público y bajo la mirada de un jurado.

Sin embargo, el nivel alcanzado sorprendió al propio Eder. “Realmente vi muchísimo nivel. Los chicos que quedaron adelante fueron muy profesionales en la presentación”, destacó.

Y dejó una frase que resume buena parte del espíritu de la propuesta: “Ojalá sigan haciéndolo porque tienen muchísimo futuro”.

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Hubo campeones, grandes campeones y cucardas. Hubo alegría por los premios y orgullo por el trabajo realizado. Pero reducir la experiencia a los resultados de la jura sería dejar afuera justamente lo más importante.

Durante meses, los estudiantes tuvieron que cuidar un ser vivo, entendieron que para llegar bien a una exposición no alcanza con trabajar durante la última semana y descubrieron que detrás de cada animal presentado existe una enorme cantidad de trabajo que no siempre se ve.

También compartieron tareas con sus compañeros, aprendieron de productores y técnicos y comprobaron, en la práctica, cómo se construye el vínculo entre una persona y un animal.

Desde las escuelas, la experiencia también fue observada como una herramienta capaz de generar nuevas oportunidades laborales y, al mismo tiempo, fortalecer el vínculo de los jóvenes con sus comunidades y con el campo.

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En ese sentido, el proyecto también dejó otra señal: entre quienes alcanzaron los primeros lugares hubo jóvenes mujeres, un dato que docentes y jurados destacaron como alentador para una actividad que continúa incorporando nuevas generaciones.

La pista de la Sociedad Rural de Pergamino fue, entonces, el punto de llegada. Pero la verdadera experiencia había comenzado muchos meses antes, cuando aquellas terneras llegaron a las escuelas y los estudiantes tuvieron que aprender, día tras día, a cuidarlas.

La jura puso las cucardas. El proceso, en cambio, dejó algo mucho más difícil de medir: conocimientos, responsabilidades, vínculos y, para algunos de esos jóvenes, la posibilidad de haber encontrado una vocación.

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